Poner fin al círculo de la violencia contra las mujeres

Conocemos el Centro de Atención a la Mujer de Cochabamba (Bolivia) y entrevistamos a Indira Rocha, su coordinadora

Indira Rocha es trabajadora social y coordina el Centro de Atención a la Mujer (CAM) de Cochabamba, en Bolivia. El CAM es una obra social que acoge a mujeres que han sido víctimas de violencia (física, psicológica, sexual…), y que atiende a decenas de mujeres cada año.

Hablamos con Indira en el patio de la Casa de Acogida que tiene el CAM para acoger a las mujeres que, o bien acuden a la institución por iniciativa propia, o llegan a través de otras instituciones como las Slim (instancias de denuncia del municipio), las fiscalías, el juzgado o la FELCV (fuerza especial de lucha contra la violencia dentro de la policía).

En esta casa se acoge a las mujeres y a sus hijos e hijas durante el tiempo que sea necesario para que puedan salir del círculo de la violencia. Aquí hemos conocido mujeres de edades que van desde los 16 a los 40 años y que llevan viviendo en la casa entre 1 y 11 meses. La normativa del centro dice que las mujeres deben estar un máximo de 3 meses en la casa, pero en la práctica cada caso se trata de manera individual y hay mujeres que necesitan más tiempo, por lo que algunas han llegado a pasar más de un año aquí.

Indira nos cuenta que en esta casa las mujeres reciben una atención integral, que incluye apoyo legal, psicológico, social y laboral. Los niños y niñas que, en palabras de Indira “son víctimas silenciosas de todo lo que está pasando” también reciben apoyo psicológico y se les escolariza en el centro de educación que tiene el CAM a pocos metros de la Casa de Acogida.

La casa tiene dos plantas; en la planta baja hay un recibidor con sofás y una televisión con la que los niños y niñas se entretienen por las noches mientras las madres asisten a los talleres. También cuentan con una cocina totalmente equipada, un comedor, un pequeño despacho que también se usa para realizar talleres y una habitación con varias camas. En la planta superior hay otras 4 habitaciones; siempre se intenta que las mujeres y sus hijos e hijas tengan la máxima intimada posible, aunque muchas veces por problemas de espacio tienen que compartir habitación entre ellas. También hay una cocina en la que ellas mismas se organizan para preparar el almuerzo y la cena. La casa también cuenta con un consultorio para las terapias individuales y un pequeño patio en el que tienden la ropa.

Lejos de la casa, el CAM tiene una granja con casi 5.000 gallinas. Las mujeres atienden las aves y recogen sus huevos, que luego son usados para el alimento de todas y también para venta.

El CAM y la Casa de Acogida da a las mujeres un lugar seguro y con un ambiente cálido en el que pueden comenzar a armar su propio proyecto de vida. No sólo a través de los talleres y de las terapias, sino también a través del apoyo mutuo y la convivencia, estas mujeres pueden comenzar a superar la situación de violencia en que viven.

La función del equipo terapéutico es principalmente la de acompañar, “hay un compromiso muy lindo en el equipo”, dice Indira. Desde el área psicológica se trabaja con las mujeres, respetando sus decisiones, dando valor a su palabra y tomando caso por caso. Desde el área social se trabaja con la salud, tratando de inculcar hábitos saludables de vida, alimentación y del cuidado del propio cuerpo a las mujeres y sus hijos e hijas; también se trabaja con la escolarización de los niños y niñas, y creando redes de apoyo que incluyan a las familias, en caso de que tengan y quieran formar parte del proyecto; además, se orienta y apoya a las mujeres para que puedan trabajar, ser ellas las que ganen el sustento de las familias, que puedan ahorrar y crear un proyecto de vida a largo plazo, ser, en definitiva, autosuficientes e independientes.

Por su parte, desde el área legal se trabaja la denuncia del caso y se sigue todo el proceso. Además, existe también un área de acompañamiento a través del cual hay un equipo de personas que se quedan con las mujeres por las noches y los fines de semana acompañándolas y escuchándolas.

En palabras de Indira, se trata de “hacer prevalecer el derecho de la señora y ayudarla a armar un proyecto de vida”. Trabajan para crear una estructura laboral, de salud y educación, para que ellas puedan hacer uso de todos sus derechos y tener un proyecto de vida a largo plazo, respetando siempre la toma de decisiones por parte de la mujer. Indira insiste: “nosotras acompañamos a las mujeres, no les armamos el proyecto de vida”.

Entender la violencia en su conjunto

Indira nos cuenta que el machismo es muy fuerte en la sociedad boliviana. Los hombres controlan la vida de las mujeres; controlan lo que dicen, lo que hacen, su vida laboral, sus ingresos, e incluso la planificación familiar, controlan el número de hijos que tienen y la relación que tienen con sus propias familias. No se da validez a la palabra de la mujer, no es escuchada y no se le da la oportunidad de tomar sus propias decisiones.

Pero el enfoque que las trabajadoras del cetro le dan a la violencia es un enfoque más global. Eliminan las etiquetas de víctima/verdugo, haciendo ver a las mujeres que la violencia es un círculo que ellas mismas continúan ejerciendo también violencia en sus hijos e hijas.

“Cuando acaba la comunicación, si es que ésta ha existido alguna vez, empieza la violencia”

Desde el CAM se ha creado un Programa de Atención a Varones, que está dando muy buenos resultados. Muchas veces el varón quiere cambiar por su familia; ellos entienden que la violencia afecta a la vida de todos y todas y quieren formar parte del proceso de cambio. Trabajar con el hombre es totalmente necesario para poder transformar la sociedad en su conjunto, para poder derrumbar el sistema patriarcal y de violencia machista que afecta a todos los aspectos de la vida social y familiar.

A este programa no sólo acuden aquellos hombres que, junto con las mujeres, quieren volver a ser una pareja y mejorar la vida en familia; también asisten hombres que, aunque no vayan a volver con sus parejas, deben ser tratados para que no vuelvan a repetir el círculo de la violencia con otras mujeres.

Poner el foco en la independencia de las mujeres

En el centro se han dado muchos casos de mujeres que, por ejemplo, empiezan a aprender costura en la casa y acaban abriendo su propio taller. Indira afirma que es el trabajo el que dignifica y el que puede ayudar a las mujeres a iniciar un proyecto de vida propio en el que ellas sean las que tomen sus propias decisiones.

Desde el CAM, las trabajadoras tratan de acompañar a la mujer, de dar valor a su palabra; que las mujeres puedan decidir sobre la educación de sus hijos e hijas, que sean independientes económicamente, que aprendan a ahorrar y planificar con sus recursos y poderlos administrar, capacitarlas, hacerlas sentir útiles para trabajar y mantener a sus hijos, darle valor a lo que pueden crear.


Historias en primera persona

Esperanza

Esperanza es una de las mujeres que ahora viven en la Casa de Acogida, lleva un par de meses aquí y, a pesar de su juventud, habla con mucha madurez de todo lo que le está pasando.

Tiene tan sólo 19 años pero ya es madre de 4 niños, el más pequeño ha nacido hace pocas semanas, estando ella ya en la Casa de Acogida. Desafortunadamente, sólo tiene a sus dos hijos menores con ella, los otros dos están con el padre.

Esperanza conoció al padre de sus hijos con 14 años, él tenía 34 y, según nos cuenta, al mes de juntarse él ya comenzó a maltratarla físicamente.

Ella le ha dejado varias veces pero siempre ha acabado volviendo con él y cada vez que volvían “le hacía un hijo”.

Esperanza está en la Casa con una de sus hermanas, Sandra de 15 años. Sandra vivía con su madre pero la pareja de Esperanza consiguió meter droga en casa de la madre y la denunció ante la policía. Ahora la madre de Esperanza y Sandra está en la cárcel cumpliendo condena; al quedarse Sandra sola, pues su padre está ausente desde hace años, Esperanza la llevó a vivir con ella y sus hijos menores a la Casa de Acogida.

El deseo de Esperanza es poder volver a su casa con sus 4 hijos y que el padre de los niños desaparezca de sus vidas, pero la casa es de ambos, lo que dificulta mucho la separación.

Esperanza tiene una expresión tranquila mientras cuenta su historia, pero la tristeza se hace evidente en su mirada. Ella está sufriendo. Sufre por sus hijos, sufre por su madre, sufre por su hermana y sufre porque teme por su propia vida.

“Él llegó a decirme ‘o tú o yo’, y yo no quiero sentir más miedo, quiero poder darle a mis hijos una vida digna”


Nieves y Pilar

Nieves y Pilar son madre e hija, respectivamente, pero, hasta que coincidieron en la Casa de Acogida, hacía años que no estaban juntas.

Nieves es sordomuda y ha sufrido décadas de malos tratos por parte del padre de sus hijos e hijas. Tiene 7 hijos pero sólo el menor, Andrés, vive con ella. El marido de Nieves mandó a los hijos a vivir con diferentes familiares repartidos por todo el país, así Pilar acabó viviendo en Potosí lejos de su madre y hermanos y hermanas.

Pilar es la segunda vez que acude al centro. La primera vez que fue estaba embarazada de su primer hijo y ahora ha vuelto con su niño que tiene cerca de 2 años ya. Pilar quiso que su hermano menor, Andrés, viviera en la Casa de Acogida con ella y su hijo para alejarle de la violencia que sufre por parte del padre, pero Andrés jamás se separa de su madre así que huyeron juntos de la casa familiar y fueron a la Casa de Acogida.

Andrés se comunica con su madre a través de un lenguaje de signos propio, él ha aprendido a comprenderla y a comunicarse con ella, convirtiéndose en su voz y sus oídos.

La situación es muy complicada porque Pilar no se habla con su madre desde que se fue a vivir a Potosí, le culpa de haberse tenido que separar de su familia. Nieves, por su parte, quiere recuperar el amor de su hija pero ésta se lo niega, le cuesta aceptar que su madre haya reaparecido en su vida de repente. Esperanza habla con Pilar, le aconseja que ahora que tiene a su madre con ella debe aprovecharlo y darle su amor, pues su madre lo necesita.

Pilar ha superado varias pruebas para recibir una beca que le permitirá estudiar en la universidad. Parece que cada vez está un poquito más cerca de cumplir su deseo de matricularse en una carrera universitaria y poder darle a su hijo la vida que a ella le negaron.


Elisabeth

Elisabeth tiene 18 años. Llegó a la Casa de Acogida hace unos meses, estaba embarazada. Ahora su bebé tiene pocas semanas.

Ella es peruana y ha llegado hasta aquí sola. Preguntando en diferentes oficinas e instituciones, consiguió llegar hasta el CAM, pero su permiso de estancia en el país ha finalizado, lo que complica mucho su situación.

La historia de Elisabeth es todo un misterio, nadie sabe cómo consiguió llegar sola hasta Cochabamba. Cuenta que al enterarse de su embarazo, sus padres quisieron obligarla a abortar, y que por ese motivo tuvo que huir de su casa. Ahora su deseo es quedarse en Cochabamba y poder empezar una nueva vida con su hijo.

*Los nombres propios que aparecen en estas historias son inventados. Las historias corresponden a mujeres reales pero les hemos cambiado el nombre para preservar su anonimato.